Jesucristo nos revela el rostro del Padre
2026-07-23
La historia de la salvación nos habla de una libre e insondable iniciativa de Dios que se revela a su pueblo a través de los patriarcas y profetas. Dios pide a Abraham un acto de confianza y obediencia: Sal de tu patria hacia la tierra que yo te mostraré… Haré de ti una gran nación. En ti bendeciré a todas las familias de la tierra (Gn 12,1-4). Reconocemos aquí un coloquio permanente entre Dios y los hombres. Jesucristo realiza la promesa de Dios y revela el verdadero rostro de Dios como Padre que ama a todos sus hijos.
Dios nos dirige su palabra; así nos permite conocer progresivamente su voluntad y el plan de amor con toda la humanidad. Utiliza la palabra para revelarse; así entra en comunicación real con los hombres. Cuando Dios pronuncia su “Palabra”, esta posee la fuerza de crear y manifiesta una eficacia única. Cuando Él nos habla, quiere comunicarnos algo íntimo y necesario, por eso debemos escucharlo con oídos de obediencia. La oración del cristiano no solo es hablar y pedir, es, ante todo, escuchar y dejar que Dios, con su palabra, ilumine nuestra vida. Dios sigue hablando hoy a todos sus hijos para abrirles los tesoros de la revelación y encaminarlos hacia la verdad plena.
Las grandes religiones monoteístas nos hablan de la iniciativa de Dios que revela sus designios. La revelación de Dios no consiste en ideas abstractas, sino en un encuentro personal que alcanza su plenitud en Jesucristo. Dios se revela a la humanidad a través de un diálogo de alianza, en el que se dirige a las personas como a amigos. Esta revelación no se limita a transmitir conceptos, sino que comparte una historia y llama a una relación viva de comunión y reciprocidad. Este proceso culmina en Jesucristo, a quien el Concilio Vaticano II define como mediador y plenitud de toda la revelación. En Él, Dios no solo habla, sino que se entrega personalmente, haciéndose presente en la historia humana y permitiendo que cada persona se descubra conocida en lo más profundo de su verdad.
Jesús revela al Padre introduciendo a los creyentes en su propia relación filial con Él. Gracias al Hijo enviado por el Padre, los hombres y mujeres tenemos acceso a Dios en el Espíritu Santo y participamos de su vida divina.
Es importante que sigamos a Cristo, que nos revela el verdadero rostro de Dios, pero no solo cuando lo necesitamos y cuando encontramos un espacio de tiempo entre los miles de quehaceres de cada día. Toda nuestra existencia debe estar orientada al encuentro con Él, al amor hacia Él y, en ella, el amor al prójimo debe tener asimismo un lugar central. El rostro de Dios se nos hace familiar en la escucha de su Palabra y naturalmente en el Misterio de la Eucaristía. Revela su rostro de manera privilegiada en los pobres, quienes tienen un lugar central y preferencial en el Evangelio. Los pobres no son solo destinatarios de caridad, sino verdaderos evangelizadores y un lugar teológico donde se manifiesta el corazón misericordioso de Dios.
+ Marcos Pérez Caicedo Arzobispo de Cuenca